Hasta el jueves 20 de junio recibiremos escritos con el tema: Dar el primer paso.
Si deseas que tu texto sea publicado, envíalo a entrega@escritosemanal.com a más tardar el jueves 20 a las 11:59 de la noche, cuidando de no rebasar las 500 palabras.
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En las semanas 23 y 24 del 2013 no publicamos dinámicas.
En la semana 22 del 2013 no recibimos escritos.
Del 17 al 23 de mayo recibimos los siguientes escritos:
Para mi suerte, era el peor calor desde aquel verano infernal de hace tres o cuatro años. Sentía que mi cara se derretía y el sudor me hacía pesada la ropa. A mis treinta y tantos, tenía todo lo que quise: una buena casa, un coche bueno y limpio, amigos respetables, un buen trabajo donde pasaba más de ocho horas pero menos de diez al día. Tal vez, como todos, tenía unas pequeñas manías como cerrar la puerta dos veces para corroborar si estaba bien cerrada (solía hacerlo tres veces para corroborar la corroboración), contener la respiración por medio minuto si alguien estornudaba (por higiene claro), contar los pasos que hacía al caminar hasta perder la cuenta, etcétera.
Pero eso era parte de mi compartimento mental secreto. No disponible para cualquiera, más bien, para nadie. Pero si nadie lo sabía, ¿por qué seguía soltero?
Ese día era sumamente caluroso. Me picaba la cabeza (aún tenía mucho pelo para mi edad). Salí de la oficina para comprar comida vegetariana en el centro comercial cercano. Bajé de mi coche con un poco de malhumor. Sentía que el tema amoroso me ponía así. Los comentarios como: se te pasa el tren Manuel, alguien llegará a valorarte, el amo r llega solo, soltero y maduro, joto seguro, me presionaban más que aliviarme.
Caminé por el estacionamiento contando mis pasos, calculando que daría cuarenta y tres antes de llegar a la puerta principal del supermercado. Mi mente sólo contaba mientras avanzaba cabizbajo con el sol espinando mi cuerpo. Era como sentir diminutos alfileres. Me detuve cuando oí a mi izquierda un coche que al parecer no tenía pensado detenerse. Subí mi cabeza por inercia y un leve mareo llegó concomitante. Cuando mi visión volvió, la vi.
Su pelo caía como cortina de seda color roble. Me di cuenta que había música. No era mi preferida. Era música que se bailaba sensualmente y no era mi estilo. Pero ella era una diosa. Mi sentido racional me dijo que era inalcanzable, joven y bella. Lo único que podía ver, era su rostro de porcelana. Un pensamiento loco, primitivo y ridículo me susurró: acércate.
Y eso primitivo y definitivamente ajeno a mí, hizo que avanzara los siete pasos restantes hacia ella. Me dedicó una sonrisa divina. En ese momento me enamoré. Fui consciente que no tenía un plan, me quedé como bobo viéndola.
-hola- me dijo afablemente. Al ver su sonrisa de perlas sentí el sudor frio.
Vi de reojo que atrás de ella había un stand donde promocionaban cristal agua. Caigo en cuenta que me ofrecía una botella con una brillosa etiqueta azul. Ese instinto no-mío me hizo ver como un estúpido.
Me hice a un lado y di tres pasos hacia la puerta del supermercado y luego volví.
-Fuiste amable porque es tu trabajo ¿verdad? Es sólo para estar seguro.
-¿Quiere otra botella? – me contestó con recelo.
Su rostro lo dijo todo. Era sólo su trabajo. Eso terminó con mi fugaz amor veraniego.
Del 10 al 16 de mayo recibimos los siguientes escritos:
Samantha Johnson salió de la cama de bronceado, con un bonito tono cobrizo en su piel, que hacía juego con su cabello rubio y sus ojos azules. Al llegar a casa, ya tenía sobre la cama dos atuendos. Uno era un bikini decorado con pedrería y sandalias con tacón. El otro era un vestido de noche, sin tirantes, de corte sirena, y otro par de zapatos de tacón, pero estos eran en color dorado. Su madre la ayudó a vestirse. Luego, Samantha se sentó frente al espejo. Su madre la maquilló, primero la base, luego el polvo compacto. Le aplicó sombra de tonos azules, y un delineador del mismo color para resaltar sus ojos, y le pintó los labios de rojo. Después, cepilló el cabello de Samantha, tomó las tenazas y le hizo varios bucles.
–¿Practicaste tu rutina de baile? –preguntó su madre.
–Sí.
–No se te olvide sonreír a los jueces y saludar al público.
–Sí.
–Y acuérdate de caminar siempre derecha, no agaches la cabeza.
–Sí.
–Vamos a ganar este concurso, ya lo verás. Eres toda una reina. Tú eres la más hermosa de todas.
Su madre terminó de arreglarla y salió de la habitación. Samantha se quitó los zapatos de tacón, se sentó en el suelo y agarró a su muñeca preferida.
Hubiera querido salir a jugar con los demás niños al parque, pero no podía. Como todos los años, desde que era bebé, tenía que ir a competir en el concurso de “Pequeña Miss Kansas”.